Aymés Cervantes: Una historia de resistencia y esperanza frente a la trata de personas en Houston

Texas ha sido identificado como uno de los estados con mayores tasas de trata de personas en los EE. UU., según el National Human Trafficking Hotline. Houston, en particular, se destaca como un centro de tráfico humano debido a su ubicación geográfica, la proximidad a la frontera con México y su importancia como puerto clave para el comercio y transporte. El Departamento de Justicia de Texas ha documentado más de 2,000 casos de víctimas de tráfico sexual en la ciudad en los últimos años, y las cifras continúan en aumento. A pesar de estas alarmantes estadísticas, el tráfico de personas sigue siendo un crimen difícil de medir con precisión, ya que muchos casos nunca son denunciados.

Aymés Cervantes, una joven mexicana, ha sido una víctima de la trata de personas en Houston. WoodlandStories Magazín conversó con ella. Su historia, desgarradora y llena de dolor, también es un testimonio de resistencia y superación. Tras vivir una experiencia traumática durante más de cuatro meses, hoy se ha convertido en una voz clave para alertar a otros sobre la realidad de este crimen.

Nunca sospeché nada, pensé que estaba tomando un trabajo normal, pero me equivoqué”, nos cuenta, mientras rememora cómo una simple oferta de trabajo se convirtió en su pesadilla. Aymés, como muchas otras personas, fue víctima de una red de tráfico por confiar en una oferta laboral aparentemente legítima. “Lo que hacen las redes de trata es estudiar tu vida, tus vulnerabilidades, y aprovecharse de ellas”, dice con una mirada seria, recordando cómo su necesidad económica la llevó a aceptar un trabajo que, sin saberlo, la pondría en cautiverio psicológico y físico.

“Yo vi el anuncio, fui a la entrevista, me dijeron que iba a cuidar niños, y nunca sospeché nada extraño. No fue hasta que me llevaron a una casa diferente a la que me dijeron cuando comencé a darme cuenta”, narra sobre el momento en que sintió que algo no estaba bien. En ese instante, Aymés perdió toda autonomía, lo que transformó su vida en un calvario.

“Es como estar en una cárcel, pero no una cárcel física; es una cárcel emocional. Ya no puedes pensar por ti misma, ni decidir sobre tu vida ni tu cuerpo”, nos explica mientras se le quiebra la voz al recordar los momentos más oscuros de su cautiverio.

Durante su tiempo bajo la opresión de sus captores, Aymés fue sometida a situaciones indescriptibles. “Me obligaban a atender hasta 10 clientes al día. Si te enfermabas, no te dejaban descansar, no podías hacer nada en contra de su voluntad”. En medio de todo esto, fue amenazada de muerte, y su familia, a miles de kilómetros de distancia, fue utilizada como herramienta de presión.

“Una de las formas en que te controlan es con amenazas. Te dicen ‘sabemos dónde está tu familia, sabemos que tienes hijos’, y eso te hace sentir completamente vulnerable. Ya no tienes control sobre nada”, comparte, mientras revive las intensas amenazas psicológicas a las que fue sometida.

La situación empeoró cuando Aymés descubrió que estaba embarazada. “Me dijeron que tenía que abortar, pero también que debía seguir trabajando. No solo me hicieron sentir como un objeto, sino que también me negaron cualquier derecho sobre mi cuerpo”. Esta nueva realidad emocional fue un golpe devastador para ella, que ya luchaba con su cautiverio. Sin embargo, en medio de tanto sufrimiento, “ese bebé, que llamé Gabriel, fue el Ángel que me dio fuerzas para seguir adelante y escapar”.

Aymés nunca se dio por vencida. “Mi mente siempre me decía que debía escapar, aunque no sabía cómo ni cuándo, pero un día lo lograría”, recuerda, mientras su rostro refleja la determinación con la que luchó por recuperar su libertad.

El escape ocurrió en el momento más inesperado. Tras recibir atención médica, se le dio la oportunidad de regresar a su “casa”, pero “esa fue mi oportunidad. Durante el traslado, me pedí ayuda a una voluntaria y logré escapar, dejando atrás el terror”.

“Este testimonio no solo es para las mujeres, sino también para los hombres y las familias. Nadie está exento de ser víctima de trata de personas. Lo que me pasó a mí, le puede pasar a cualquiera, no importa tu nivel social ni tu educación”, asegura, mientras lanza una advertencia urgente a todos los que piensan que esta realidad solo les sucede a los demás.

“Si no prestamos atención a las señales, si no educamos a nuestros hijos y a nosotros mismos sobre los peligros que existen, estamos dejando la puerta abierta a las redes de trata”, añade.

Aymés también hace un llamado a todos aquellos que consumen pornografía o servicios sexuales. “Cada vez que pagas por estos servicios, puedes estar contribuyendo indirectamente al tráfico de personas. No todo lo que parece un negocio legítimo lo es”.

“El proceso de sanación ha sido largo. He tenido que aprender a perdonarme a mí misma y a resignificar mi vida. Mi hija me dio las fuerzas para hacerlo. Hoy puedo decir que soy una sobreviviente, no una víctima”, concluye, mientras se muestra firme y optimista acerca de su futuro.

“Hay algo más grande que todo esto: la fe. La fe en Dios y en nosotros mismos. La fe nos da fuerza para salir adelante, no importa lo difícil que sea el camino”.

“El mensaje es claro: todos podemos superar cualquier situación difícil. Pero debemos estar alerta, porque todos somos vulnerables. Si algo he aprendido, es que la trata de personas es real, está pasando, y está más cerca de lo que imaginamos”, finaliza con determinación.


El testimonio de Aymés Cervantes es un grito de alerta que nos invita a reflexionar sobre la realidad del tráfico humano, a educar a nuestras familias y a no bajar la guardia ante este crimen tan devastador.